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Pájaros que cantan más temprano, no los dejamos dormir.

Pájaros que cantan más temprano, no los dejamos dormir.

Pájaros que cantan más temprano porque no los dejamos dormir. 

Pájaros que cantan más temprano, no los dejamos dormir.


Los seres humanos estaríamos haciendo la vida imposible a los pájaros. Haciendo de lado consecuencias del calentamiento global, la luminosidad excesiva de nuestras ciudades y la contaminación sonora estarían alterando el comportamiento de estas aves, haciendo que duerman menos horas por la noche y se levanten a cantar muy de madrugada. 


Nos veníamos preguntando por qué los pájaros cantan cada vez más temprano, y luego de confirmar con amigos que no se trataba de una percepción personal, decidimos buscar la respuesta. Un estudio reciente nos develó que los culpables de esto somos los humanos, ya que el ruido y la luz artificial en crecimiento obliga a los pájaros a levantarse más temprano. 

Generalmente asociamos el canto de las aves al comienzo de un nuevo día, ya que las mismas suelen cantar en el albor del mismo, un rato antes de que el Sol asome por el horizonte. Históricamente esto se ha mantenido así, sin grandes cambios que no incluyan a los propios de las diferentes estaciones y de las diferentes especies. Pero quienes viven en la ciudad y tienen sueño débil, así como los que dormimos como dioses pero habitamos las madrugadas, hemos empezado a detectar desde hace tiempo que las aves están cantando más temprano. Las razones para esto las solemos encontrar rápidamente a través del sentido común, asociando el calentamiento global con el calor y la luz del día. Otras respuestas aventuran cambios en el hábito de las aves debido a otras cuestiones climáticas, pero en realidad el problema tiene raíz en la actividad humana y en cómo esta interfiere en la de las aves. 

Respondiendo rápidamente a por qué los pájaros cantan cada vez más temprano, los investigadores de la Universidad de Sevilla informaron que la luz artificial y el ruido del tráfico son las razones por las cuales las aves están cantando más temprano. La vida urbana es densa y está cada vez más contaminada de acción antropogénica, por lo cual hay muchas luces artificiales (cartelería y leds, superficies reflectoras, ópticas de los coches, etc.) y también un nivel de polución sonora que las aves encuentran nocivo para sus hábitos.El efecto que produce el ruido en las aves ha sido en lo que los universitarios se enfocaron, y luego de unos cuantos experimentos, dieron con la clave: los niveles de la actividad humana alteran el momento (y el lugar) en el que cantan los pájaros. 

Esto lo supieron al interferir con ruido extra la contaminación sonora de algunas calles durante la madrugada. Comparando las calles entre sí, los niveles de ruido que tenían y en qué horarios empezaba a cantar los pájaros, los científicos vieron que muchas aves cambiaban su hábito o migraban hacia calles menos ruidosas. Explicaron que para las aves el sonido es muy importante, ya los animales ven reducido el alcance de sus cantos y también encuentran que el sonido que hacen sus predadores queda solapado por la contaminación sonora humana, lo que los deja expuestos y en peligro. Además de la peligrosidad, las aves utilizan su canto para atraer a sus eventuales parejas, además de avisar de peligros o comida. Sin embargo, como el umbral de ruido de tráfico de las ciudades es tan alto, para lograr un mejor aprovechamiento de la energía y captar a más eventuales compañeros de reproducción, las aves están cantando más temprano o mudándose de calles y áreas. Así que guarda esa honda, que las aves no tienen la culpa.

Alguien tenía que morir

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Alguien tenía que morir

Habíamos perdido todo lo que alimenta a una relación, y me refiero a alimentarla saludablemente.
La ausencia de cariño, de eventual ternura, de simple apego embebido o no de afecto; eran muestras fidedignas de que la amistad y el amor habían desaparecido por completo.
A esa altura de los acontecimientos sabía perfectamente que nada tenía solución, ni tan siquiera una separación ya que su personalidad de ofidio-arpío me destruiría a diario por el resto de mi vida.
Ecos del vulgo azuzaron mis recuerdos, fugaz y convincentemente invertí el mensaje con el esperanzador resultado:”Nada tiene solución a no ser que mueras”. Así fue como esa noche decidí que sería su última cena.
Mi falta de determinación hizo que además del veneno, también haya conseguido antídoto. Fue muy fácil, no tanto como asumir mi indecisión ¿o se trataba de miedo?
La suspicacia de él se reveló de inmediato cuando le propuse encargar la cena. Algo especial. Argumenté confusa y estúpida que deseaba una velada tranquila para hablar despojados de odios, noche sin afrentas, apuntando a ganarnos mutuamente moléculas de confianza.
Me sentí más segura y resuelta cuando en medio de mucho recelo y extrañeza él aceptó y hasta accedió a sacar una botella del mejor tinto de su colección particular de vinos. En ese momento confieso que lo odié aún mucho más.
Tantas ocasiones en que llegué a suplicarle que compartiéramos semejante delicia, solo para obtener un rotundo “NO” como respuesta, y ahora, esta noche en que había decidido acabar con él, asentía sin presiones. Maldito cabrón.
Llegó tarde el encargo, justo al acabar la botella. Sorprendente e inexplicablemente trajo otra de su bodega. Fue en ese momento cuando derramé todo el veneno en su vaso que atesoraba un dedo del brebaje rojo.
Pechugas de pollo a la almendra y salsa de champiñones, ensalada húngara y pastel de limón.
El festín se concretó entre ásperos halagos a los platos, torpes intentos de conversación y miradas de reconcomio.
Mi corazón dio un vuelco al oír su “te quiero”, después de largos y amargos años. No pude contestar nada y él impuso un paréntesis enfilando hacia el baño. Confusa, indecisa, así me dejó allí sentada.
Lo único que atiné a hacer, fue regar su vaso nuevamente, pero esta vez con todo el antídoto. Nueva oportunidad, anular el veneno.
Él tardó menos de lo esperado, se dejó ver a pocos metros apuntándome con la pistola que nunca habíamos usado.
Vaya noche para estrenos…,sin duda alguien debería morir esa noche.
Había visto la manipulación de su vaso y con gritos enfurecidos me instaba a beberlo. Así me bebí su salvación.
Desde hace tres días; él, el arma, las botellas y el vaso, son tan solo un mal recuerdo enterrado en lo que era el jardín.

Relato cedido a Tejiendo el Mundo por Antonia. (Derechos reservados por la autora)

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